2-jesus-martinez.jpg«La carretera es importante, pero lo es más lo que circula sobre ella.»

por Tony Pradas

El año 1993 se antojaba más caliente que un brasero. Cada mañana, en su oficina del Instituto de Información y Documentación Científica y Técnica (IDICT), en el Capitolio de La Habana, Jesús Martínez Alfonso rebuscaba el fresco y ponía su mesa junto a una ventana. Cuando el sol ganaba espacio y radiaba sobre sus papeles, el ingeniero corría el escritorio y al finalizar la jornada, el mueble estaba en el otro extremo. “Un día el aire acondicionado va a funcionar”, divagaba, alisándose las barbas de incipientes canas…

Tras el fárrago del socialismo este-europeo, la economía cubana caía en barrena y la crisis comenzaba a tocar fondo. Aún así, todos creían en aquel sueño del entonces director del Centro Nacional de Intercambio Automatizado de Información (CENIAI), entidad que por entonces tramaba enlazar a Cuba con la telaraña global de transmisión de datos. “Voy a traer Internet”, se perjuraba Jesús. “Si no, el país puede quedarse retrasado.”

No había plata, se sabe. Pero más grave era que a la Isla se le negaba su visa a la red por leyes y listados excluyentes norteamericanos que cebaban el alongado bloqueo. En consecuencia, algunos por acá, a pesar de conocer y aplaudir los beneficios de Internet para el desarrollo, no sin razón le tenían ojeriza y hasta sentían como si un fantasma les soplara los pelillos del cogote: la red había sido creada por los Estados Unidos como estrategia militar y era señoreada funcionalmente por organizaciones bastante siamesas con las entidades de inteligencia de Washington.

Cierto día se rubricó una nueva y hostil ley estadounidense, la llamada Torricelli, que mientras buscaba apretar más la nuez de la economía insular, promovía sardónicamente el libre flujo de información para, a través de esa ranura en el muro, subvertir intelectualmente a la Isla. Por esa misma hendija se colaron los cubanos y comenzaron a solicitar su acceso pleno a la red. “Internet significaba para nosotros soberanía”, rememora Jesús. “Queríamos los mismos derechos que tienen otros: dominios, direcciones IP…”

A fines de 1994, el experto fue invitado a la Universidad de la República del Uruguay, donde fundamentó el tema. El 12 de enero de 1995 se le otorgó a Cuba el derecho a una red de clase B, es decir, de más de 63 mil direcciones, suficiente para comenzar a establecer conectividad. Antes de irse, él y sus acompañantes hospedaron en dicha entidad información cubana en un Gopher (sistema de menús que permite navegar y recuperar archivos de determinados servidores), a la cual se podía acceder desde cualquier parcela del planeta como si estuviera ubicada físicamente en Cuba.

Poco a poco la red se fue atestando de informaciones sobre la nación antillana procedentes de otras latitudes, veraces o no. Por tal razón, en septiembre de ese mismo año surgió Cubaweb, un espacio virtual emplazado en un servidor de Canadá, con datos procedentes de instituciones de la Isla, destacándose los contenidos del periódico Granma Internacional. La sed de datos creció.

Y vaya suerte. Gracias a la previsión de Pedro Urra, actual director de la red del ámbito médico, Infomed, un grupo de especialistas se había preparado sin propósito específico, con rudimentos de la programación para Internet, lo cual cayó como una onza de oro para convertir las primeras informaciones en páginas htm, que luego, a falta de enchufe digital, se llevaban en disquetes personalmente a Canadá para la actualización de Cubaweb.

A los ojos de los internautas era como si el país ya estuviera acoplado a la mundial red de redes. Pero aún faltaba adquirir las tecnologías, formar administradores de redes, crear los marcos regulativos y afinar bien las estrategias.

Hasta que…

El 22 de agosto de 1996 se estableció por primera vez una conexión desde La Habana a través del proveedor internacional Spring Corp., a la hoy risible velocidad de 64 kilobits. Meses después, en octubre, se inauguró oficialmente el nodo nacional y el primer servicio de Internet desde el CENIAI, en el Capitolio. Si hacía décadas esta edificación marcaba el kilómetro cero de la Carretera Central, desde entonces sería el punto de partida hacia la ineludible autopista de información, sin que las cámaras de cajón de la escalinata supieran revelar eso en las postales.

Dicho así, tal parece que de un plumazo se alcanzó el cielo. Nada más lejos de la realidad. El trabajo previo hizo buen sedimento.

Desde los años 80 los informáticos habían logrado una amplia transmisión de datos con el nodo moscovita, capaz de vitaminizar con investigaciones fresquísimas a, digamos, el entonces naciente Polo Científico del Oeste. También se había instalado un concentrador de terminales con protocolo X.25, competente para enlazar a varias máquinas con el satélite InterSputnik y hacer búsquedas en bases de datos de la URSS y otros países europeos. Mientras, a puerto seguro llegaban los fletes con las briosas computadoras Nord Data y EC-1035, llamadas a ser protagonistas de un moderno proyecto de bases de datos.

Por último, fueron naciendo en los territorios los Joven Club de Computación y Electrónica, y como una supernova estallaba la adicción a las tecnologías y a la informática. En su génesis fueron 32; hoy son 600 clubes donde se bruñen 200 mil jóvenes al año.

En síntesis: una red nacional ya era posible y solo comenzó a cancanear el megaproyecto a medida que la Plaza Roja de Moscú acentuaba su cambio de color.

Financiado por el Programa de Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), en abril de 1991 culminó la instalación del primer sistema de correo electrónico cubano. También la telefónica Intertel armó una red de transmisión de datos capaz de prescindir del mortecino canal ruso, a tiempo para no perjudicar el sistema de ciencias nacional. En tanto, el ingeniero Jesús Martínez Alfonso rastreaba el frescor en el Capitolio, poniendo su mesa junto a una ventana a la que no castigara con saña el sol.

La red social

Cuando se buscó un santo para Internet, el candidato favorecido resultó San Isidoro de Sevilla, superando incluso a Santa Clara de Asís, que es ya patrona de la televisión. San Isidoro fue un erudito de la España visigoda que intentó recoger en sus etimologías todo el saber humano, sintetizándolo como si fuera una enciclopedia.

Semejante espíritu adoptaron también los estrategas de la Internet en Cuba: la red debía ser predominantemente útil para la educación y la cultura, la información y el conocimiento. Sería, además, un vehículo para llevar el mensaje de Cuba y su Revolución a todo el orbe, precisamente cuando más recia hostilidad emanaba de los monopolizados medios internacionales.

Baste mencionar que prácticamente todos los centros de investigación y universidades del archipiélago cubano cuentan como herramienta a la infovía y cada vez son más las personas que sienten un cambio en sus vidas al acariciarla con sus yemas. Solo a través de Infomed, premiada internacionalmente por su ejemplar faena, acceden personalmente cerca de 30 mil profesionales, médicos y paramédicos, y en ese mismo sector actualmente se expande la informatización y conexión en la red de consultorios.

Telarañas computacionales se han ido explayando a todas los territorios, no solo para cumplir con el evangelio de la educación y la cultura, sino también para integrar esa cornucopia de saberes con el progreso industrial y comercial de la nación. Los telecomunicadores están abocados en el desarrollo de la infraestructura para que todas las cabeceras municipales se beneficien con la Internet, luego de cumplir igual propósito con las capitales provinciales. Ya existen cinco mil kilómetros de fibra óptica tendidos, desde que nacionalmente se inició esta inversión en el año 2000.

Paralelamente, la conectividad con el exterior hoy es de 120 megabytes: anótese que en 2001 eran apenas 29. Y si el ensanche no es mayor, se debe a la prohibición estadounidense de que Cuba se enlace al cable de fibra óptica submarino que pasa cercano a sus costas. Con este no solo se elevaría considerablemente la calidad de los servicios, sino que permitiría prescindir de las onerosas telecomunicaciones satelitales. Desde luego, los talonarios ahorrados podrían invertirse en la ampliación de las capacidades de abonados.

El ábaco tabula que ya son unos 900 mil los usuarios del correo electrónico y en la actualidad se multiplican las salas públicas o cibercafés que brindan estos servicios. El parque computacional es de 377 mil ordenadores en toda la Isla, con una proporción de 3,4 por cada 100 habitantes, y si bien crece, todavía es baja para motorizar el empeño de informatización social.

La filosofía que tutela a la informatización progresiva de la sociedad cubana es la de la utilización ordenada y masiva de las tecnologías de la información y las comunicaciones en todas las esferas sociales, en busca de más eficacia y eficiencia en todos los procesos y, por consiguiente, mayor generación de riqueza y aumento en la calidad de vida de los ciudadanos.

De momento, a toda biela se forman los garantes del proceso. El sistema educacional ha logrado erigir numerosos politécnicos de Informática, los cuales permiten una matrícula actual de 40 mil alumnos, cuando casi un millón de jóvenes han recibido cursos en estas modernas instalaciones.

Asimismo, la joven Universidad de Ciencias Informáticas (UCI) no solo forma profesionales de alto nivel, sino que su vínculo escuela-empresa lleva tintes experimentales para la educación superior. Es, como dice su rector Melchor Gil Morell, un “modelo formador de una interacción productiva, docente e investigativa, que genera un desarrollo en la industria del software”.

Una red de contenidos

“Internet es como una red de carreteras”, ilustra Roberto del Puerto, director de la Oficina Nacional de Informatización del Ministerio de la Informática y las Comunicaciones. “La carretera es importante, pero lo es más lo que se mueve por encima de ella, lo que circula sobre ella.”

En esa cuerda debemos movernos ―la de los servicios y aplicaciones dispuestos sobre la red―, si quisiéramos evaluar estos diez años de conexión plena de Cuba con la Internet.

Tal vez el más grato asombro lo provoquen los contenidos de la prensa cubana. Las alforjas de los servidores cargan con prácticamente todos los medios tradicionales del país en su versión digital, así como de otros que nacieron binarios. Por su impacto y sello merece un guiño La Jiribilla, a mi entender el medio que mejor encontró su expresión y polémica en la web.

Los portales, por su parte, ya son numerosos, aunque muchos no calzan la calidad informativa de sus similares del ciberespacio. Mi afirmación se retracta ante los de la red Infomed y Cubaindustria ―con mucho, superiores a sus competidores―, y por sus potencialidades, ante el del Ministerio de Justicia, con su gobierno en línea (servicios legales informatizados).

En pocos años la presencia cubana se hizo torrencial con sitios oficiales, corporativos y hasta páginas particulares y weblogs (diarios personales en la red). Algunos tienen una elevada intrepidez conceptual e informática, no obstante a muchos se les entrevé por debajo de tanto encaje y croché cierta insuficiencia cultural en información y comunicación.

Por tanto, mientras se sigue trabajando en la ampliación de las disponibilidades de conexión, el más peliagudo reto para los cubanos es saber sacarle más chispas a la red y nutrirla de calidad informativa y humana, la mejor manera de contrarrestar el guirigay, la subversión y la distorsión que se originan contra el país.

Es que de algo se puede estar seguro: una década después de enlazarse Cuba con ese cordón umbilical binario, la carretera aún tiene fresco el pavimento, pero listo para que avancemos hacia la sociedad del conocimiento.

Tomado de Cubadebate

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