LAS TECNOLOGIAS Y YO (PLATERO)

Carlos es un periodista uruguayo que se acercó a la red peruana que recién nacía. Casi todo era correo electrónico. Teníamos como prioridad poner información peruana y latinoamericana en línea. Nuestros gophers y nuestras listas ya eran famosas en el mundo. Subíamos y bajabamos información por teléfono varias veces por día a una máquina en Estados Unidos que operaba Randy Bush.

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Cuando Carlos se fué lo perdí de vista. Hace unos meses casi 13 años después lo volví a encontrar en nuestro Montevideo y por supuesto generosamente entrenando periodistas. Un gran tipo. Me trajo las ganas de hacer esto, escribir la historia de los que como él, son los verdaderos pioneros de Internet. Los primeros usuarios. Esos que solo necesitan que se les diga “vamo arriba” que el traduce por OK. Le pedí una crónica de esos días. Aquí está lo que nos cuenta.

por Carlos Montero

El día de mi primera foto, a los 13 días de nacido, un futuro corresponsal que murió en España me levantó con los brazos extendidos al cielo y exclamó: ¡que sea periodista! Catorce años después, en 1978, me inició en los medios como co-conductor radial y redactor de boletines noticiosos impresos a mimeógrafo.

Desde entonces, continué por los siguientes 28 años en diferentes variantes de nuestro oficio/vocación/maldición en forma permanente. Tardó siete años ser profesional de tiempo completo, tras solventar mis estudios de Periodismo vendiendo libros o cargando tarros de pintura. Cuando en 1985 firmo mi contrato al borde de la mayoría de edad (entonces de 21 años en Uruguay), además de entrar a la Universidad a estudiar la Licenciatura en Comunicación y comenzar como informativista, compré mi primer computadora, una Sinclair Spectrum Plus de 64K -con 48K libres de memoria- con los que diseñaba (sin conocimiento previo) programas grabados en casette de audio para calcular velocidad y tiempos probables de llegada en las transmisiones radiales de carreras de atletismo y rally.

Mi primer ordenador era color, pero el monitor de mi televisor al que lo conectaba era aún blanco y negro, a la vez que el casettero –que usaba como disquetera- me servía para hacer entrevistas. Cuando en 1987 la editorial Puntosur me encarga mi primer libro, diseño un procesador de texto tan eficaz que hice que diez de las once carillas del prólogo se perdieran en la Spectrum, excepto la última que debí recuperar copiando a lapicera y rehacer los originales en la vieja máquina de escribir Smith Corona, pasado un mes del desalentador shock tecnológico. De finales de los ochenta hasta 1992, en los semanarios entregábamos las cuartillas escritas a estilográfica en hojas pautadas que nos obligaban a escribir dentro de un recuadro que numeraba las líneas en la columna vertical y los caracteres en la barra horizontal. Sabiendo los diagramadores el número de caracteres, comunicaban el ancho de las columnas en el diseño, para que los ‘tipeadores’ copiaran el texto corregido a lapicera por el editor y el corrector, luego se revelaban las columnas como una foto, se aplicaban pegadas a las plantillas del tamaño de página y, tras la revisión, se revelaban las líneas a corregir, las que eran pegadas encima de las erradas.
Aunque, por desconfianza, mi segundo libro volvió a echar mano de la misma Smith Corona de 1955, para hacer hasta 5 borradores de mis originales en 1992, ya en los noventa había empezado en semanarios la aceleración del armado en pantalla, con el text-wrap que dibujaba el texto en torno a las ilustraciones. Asumido como subsecretario de redacción de diario, ese año ya me sentía en la cresta de la modernidad al usar las Apple Macintosh, con la manzanita multicolor, que hoy sobreviven estrictamente reconvertidas en peceras. Allí me enviaba el jefe de corresponsales los textos que le llegaban desde el interior uruguayo, desarmados en frases quebradas vía la BBS del proveedor Chasque, que dos veces al día enviaba y recibía los e-mails de sus usuarios a la Internet, nombre asumido por la vieja ARPANET de los sesenta. Mientras, a mi hogar llevaba usada la primer ‘lap-top’ que compré, una alemana Bondwell 8, donde escribía los guiones para el programa de integración regional del uruguayo canal 5 y los reportes para el Servicio Latinoamericano de la BBC de Londres.
Hasta 1994, el director del diario sólo admitía que yo le hiciera un resumen priorizado con la síntesis en una línea de cada una de las noticias del diario (incluído su número de página) que, según mi criterio, podían servirle para seleccionar y leer para destacar en la tapa del periódico.
A mitad de aquel año, tras renunciar al cargo en rechazo de vicios éticos que la tecnología nunca subsanará en los dueños de algunos medios, parto hacia Lima para instalar una agencia de información económica regional del Cono Sur que quería tener su corresponsalía en la sede del entonces Pacto Andino, hoy Comunidad Andina de Naciones. Desembarco en el paupérrimo barrio de San Martín de Porres, hacia atrás del Palacio Pizarro –sede del gobierno peruano- para quedar los primeros días en casa de amigos. Y antes de dedicarme a alquilar un apartamento, en el simétrico barrio de clase media-alta de San Isidro, pido que me orienten acerca de quién puede ser el nexo para que mis despachos viajen por Internet de la sede del Pacto Andino a la sede del Mercosur, en Montevideo. Una combi me llevaría ese lunes por la ruta Panamericana Norte a la sede de la Red Científica Peruana (RCP), en el aristocrático barrio de Monterrico, donde habitó el entonces presidente Alberto Fujimori antes de ser presidente (1990) y dictador (1992). Había estado en su hogar para entrevistarlo en la mañana del día en que ganó las elecciones ante Mario Vargas Llosa, tras haber entrevistado un día antes al saliente (hoy reelecto) presidente Alan García. Y desde ese entonces generé estrecha amistad con Radioprogramas del Perú, en donde en adelante haría oficinas para redactar mis reportes y entrevistas, con acceso a todas las noticias que llegaban las 24 horas a dicha emisora informativa, desde los países andinos con la cadena Solar.
Cuando se abrieron los portales custodiados de la RCP podía entonar “feel like knocking on heaven’s door’, pues me sentía como golpeando en las puertas del cielo y transponiéndolas. En medio del jardín, bajo un moderno toldo, almorzaban al aire libro varios catedráticos y funcionarios. Me guiaron hasta un chalet de ladrillo, dentro del cual conocí a entrañables peruanos, algunos con rasgos similares a los de Fujimori, y cuya alma mater era una especie de argentino, con tono más uruguayo que porteño, pero cuyo pasaporte aseguraba que era peruano, hijo de un gran jugador de fútbol de su país. Los técnicos me dieron mil explicaciones sobre un “gopher”, que era una especie de red como la World Wide Web, en el cual se usaría el dominio SINCHI para almacenar mis textos en un formato ASCII (ese mismo que dejaba todo quebrado, sin acentos ni eñes) de forma que pudieran ser transmitidos al correo electrónico de mi redación montevideana. Entendiendo que ellos no entendían que yo tampoco entendía, prefería pedir un ¡STOP!: “amigos, me alcanza con traer esta disquette con mi informe y que Ustedes me garanticen que lo que está adentro pueda ser leído por mi jefe”, dije sucintamente. Un “OK” era lo único que necesitaba como explicación.
Las visitas a diario fueron construyendo el compañerismo. Mis mañanas despertaban a las cinco y media para arrancar con los Perú Runners a las 5.45, en la esquina del grifo (gasolinera) del Club de Golf de San Isidro, donde un grupo de periodistas, gerentes, funcionarios y profesores de mediana edad salíamos a correr hasta el regimiento San Martín, luego la costa verde, cruzábamos con las primeras luces el puente frente a la Plaza del Amor -sobre las Terrazas-, llegábamos a Miraflores y doblábamos en el Malecón, frente a la Concha Acústica, para seguir Av. Larco y retornar.
Tras la ducha y rápido desayuno, una combi nos dejaría de traje en Avenida Arequipa al 1700 para estar en Radioprogramas y escuchar la Cadena Solar y “Ampliación de Noticias” que conducía Denis Vargas Marín. Ya allí armaba la agenda de temas regionales, marcaba entrevistas o me ponía a escribir -en computadora de la radio- las notas que, pasado al mediodía, extraerían del sistema los técnicos dos pisos más abajo y archivarían en una disquette. Bajaba a las corridas y, en lo que luego yo llamaría sistema “chasqui-net”, en alusión a los sistemas de mensajes por posta de los incas, me tomaba una combi hasta el óvalo de Miraflores y, de allí, otra combi (camioneta más ágil que un ómnibus que, por poco precio más, te lleva por un camino prefijado y con menos pasajeros) hasta una cuadra de la Red Científica en Monterrico, muy cerca del Hipódromo.
El acuerdo con José Soriano, fundador y factótum de la RCP, tardó segundos. El me daba el servicio de transmitir el mail que traía en disquette y cargaba a una de sus computadoras, a cambio de que el contenido de mi agencia de noticias quedara a disposición de la consulta de quienes operaban su red. Cada jornada la confianza con el equipo crecía, pero un día –mientras todo el mundo prestaba atención a la emisión del Mundial de Fútbol en Estados Unidos- me asusto cuando Soriano me llama a su despacho, me pide que me siente en su silla y soy rodeado por unos cuantos miembros de mi equipo. “Mirá la pantalla” me pide, agregando “y decinos qué querrías ver”. Ante mis ojos un menú de opciones en texto plano, con palabras en alfabeto castellano pero que podían estar escritas en chino y para las cuales mi profesorado de inglés nada me decía. “¿Gopher? ¿A quién le hablan? ¿A ingenieros?” me saltó el licenciado en comunicación de adentro. Les pedí que me copiaran hasta dos entradas más allá de cada una de las opciones que aparecían y me pasé la noche reordenando esas hojas sobre mi cama de dos plazas para darle un orden lógico para ‘dummies’ como uno, según la traducción que me hicieron de cada uno de los términos.
Al otro día entregué mi propuesta todo orgulloso. Nadie me dijo nada por varios días. Antes de irme de Lima, para desarmar mi apartamento en Montevideo y volver como corresponsal a la capital peruana, pregunté ansioso en qué había terminado mi desvelo. “ ¡Ah! José puso dos entradas a quienes se conectan (por teléfono o línea dedicada) desde las computadoras de sus oficinas: una para usuarios iniciados y la otra es la tuya para no iniciados” contestó uno de los técnicos, como si no me hubiese importado saberlo antes. Cuando me despedí, pedí para verlo en su despacho y anunciar mi pronto retorno a quedarme en Lima: “si venís acá” dijo Soriano, “te invito a hacer la primera revista en línea en castellano”. Asentí mientras le estrechaba la mano pero yo no tenía siquiera idea que a fines de 1993 los europeos habían inventado algo que se llamaba Web.
Mientras desarmaba mi infraestructura en Montevideo, un viejo amor y una invitación a fundar la primera revista de economía en Paraguay, me llevó “temporalmente” a Asunción para dar nacimiento en noviembre de 1994 al suplemento y luego revista TIEMPO ECONOMICO. Armar la redacción con periodistas independientes formados en Economía obligó a un esfuerzo didáctico y a una estrategia de sinergia. Para que no me sintieran como competencia, busqué a los especialistas en diferentes áreas bursátiles, agropecuarias, de Marketing y tecnológicas, que tenían revistas mensuales y les ofrecí una página semanal en la revista, para fidelizar a sus clientes y promover sus propios medios segmentados, colocando su publicidad. Entre ese fermental equipo fundacional, formado con líderes de sus particulares proyectos, estaba Walter Schafer, quien años más tarde sería en 1999 consejero presidencial para el Y2K (Bug del Milenio o problema del año 2000). Cuando vió que mi estrategia de comunicación era repetir la reducción del lapso de periodicidad de sus revistas mensuales con las columnas semanales de la revista TIEMPO, se entusiasmó cuando le relaté el paso siguiente: transformar en periódico el contacto informativo de la revista con un grupo Premium de sus lectores, para fidelizarlos con el envío por fax módem de un resumen de títulos matutinos de lunes a viernes, para que la revista se dedicara a los “ordenamientos y tendencias”. El resumen estaba listo a las 7:30, pero el fax-módem que transmitía automáticamente a 30 usuarios (incluídos el gerente general de IBM, APPLE, NEC, analistas económicos y el equipo económico de gobierno) aún a las nueve de la mañana no había terminado de emitir. La mayoría de las telefonistas escuchaba el “bip-bip” de la máquina y cortaba. Nunca llegábamos a todos los faxes, pero los pocos lectores estaban maravillados. Eran la crema del mercado a la que no le alcanzaba siquiera una revista semanal económica.
“Lo que tú tenes que hacer es poner el informe en la BBS” me repetía Walter Schafer, quien tenía 900 usuarios en 1995 de su red local que se conectaba a Internet también dos veces al día, hasta que en 1996 llegó el “full-Internet” aunque dial-up. Sin embargo, no teníamos en el medio contacto con la red y no veíamos a sus miembros como potenciales usuarios de nuestra revista (que queríamos promover) sino a un grupo de nerds -que estaban más en el área técnica de los fierros o descubriendo la aplicación de softwares o redes con una jerga propia- nada atraídos por la jerga de los economistas o los indicadores de mercado. Hasta fundamos los primeros índices bursátiles de la Bolsa de Valores de Asunción, promoviendo a jóvenes expertos que generaron el índice TI-ECO (Tiempo Económico). El experimento promocional duro poco más de un mes, y mi renuncia –debido a destratos de dueños que la tecnología nunca va a solucionar- me dejó en 1996 en un país ajeno, buscando un inversor a quien regalarle –a cambio de un empleo de gerenciador- mi proyecto: servir a cientos de decidores necesitados de información temprana en materia económica una síntesis igual a la que yo le hacía al director de mi diario en Uruguay para que actuaran con conocimiento de causa y de contexto.
“¿Y cuánto tardarías en lanzarlo?” me preguntó uno de los importantes dealers de Apple en Paraguay. “Mañana mismo estaremos transmitiendo el informe diario al primer grupo y luego lo iremos ampliando: yo sólo necesito que tenga los diarios matutinos para resumir titulares y la computadora para transmitir” contesté de inmediato, pues apenas renuncié a la revista había comprado una portable Powerbook 140 blanco y negro de Apple, para no dejar de escribir mientras buscaba el nuevo trabajo. La respuesta fue lapidaria: “¿Sabes por qué te diré que NO? Porque usas mucho el yo” ¡ !!!!!
Otra vez en la vía. Camino por Asunción comiendo y gastando lo justo para no volver derrotado a mi país, mientras busco un nuevo trabajo. Nace el primer diario económico paraguayo, EL DIA, donde me integro como editor de la página de Negocios y en una de las primeras conferencias de prensa donde IBM lanza su modelo APTIVA en 1996, con el sistema operativo Windows 95, el numerito que me dieron a la entrada resultó ser el acreedor (no podía creerlo) de uno de los primeros modelos que entraron al mercado. Traía el primer módem que permitió el acceso, desde mi hogar oficina, a la red de redes. EL DIA me manda a Sao Paulo y con colegas del continente comenzamos a construir la Red de Diarios Económicos de Iberoamérica. Reporto como corresponsal vía mail al primer semanario regional del MERCOSUR, Gazeta Mercantil Latinoamericana, y para la agencia internacional IPS. Más tarde vendrìa a buscarme la agencia francesa AFP.
Así, largándome por mi cuenta y con el apoyo de la que fue mi amor, cuatro años más tarde de aquel descorazonante encuentro ese mismo director propietario vendría a estrechar mi mano en el teatro del Centro Paraguayo Japonés donde, ante cuatrocientos miembros de la Asociación de Empresarios Cristianos (ADEC) de Paraguay, recibí el premio al Microempresario del Año porque LA SINTESIS ECONOMICA MERCOSUR, fundada en 1997, había superado los 5.000 lectores (2.000 en Paraguay y 3.000 regionales), tenía dos servicios matutinos (uno nacional –el ALERTA TEMPRANO- y otro Mercosur), un informativo radial matutino, una columna nocturna televisiva, seis síntesis semanales segmentadas temáticamente (con un líder para cada una, de los que la mayoría había estado en aquella revista de 1994/5), una versión web en http://www.SINTESIS.org y una actualización cada 10 minutos llamada Regional-TIME.com, que fue el primer real time del Mercosur. En 2001 llegaría el Premio Nacional de Periodismo On Line, que otorga la Cámara de Diputados, por la mejor investigación de las negociaciones regionales.

¿Final feliz? No para la empresa. Pues creció mientras yo me debilitaba físicamente y formé equipo más amplio en 2001 para no tener que levantarme a las 5.15 AM todos los días. Quería dedicarme de lleno a mi amor por el gran reportaje y la crónica ensayística. Durante una década (1995-2006) gané por lo menos una beca o un concurso cada año. Empecé mi tercer libro en 2001 (“La Venganza del Faccioso Global” aún en proceso) y gané una de las diez becas entre 200 periodistas latinoamericanos que se postularon a la fundación del Nobel Gabriel García Márquez, para estudiar con el maestro polaco del periodismo Ryszard Kapuscinski. Ese era el camino profesional que había relegado por construir la empresa, dejando quemadas las pestañas en un diplomado en gestión estratégica de alta dirección, dictado por el Instituto Tecnológico de Monterrey, entonces la primer escuela de negocios de Latinoamérica.
Y ya quise volverme a Uruguay a escribir y a verter lo aprendido en tantas experiencias y golpes, mientras quería dirigir la empresa en forma virtual con el equipo de redactores en Asunción y un back-office virtual. Pero perdió peso el área comercial de suscripciones, lo que arrojó pérdidas mayores cada año. Y terminé otro tercer libro, un diccionario antológico sobre Kapuscinski aún inédito, mientras hacía giras por 17 países del Viejo Mundo (gracias a ganar concurso de ensayos de la Unión Europea en 2004) para completar las entrevistas para mis libros y artículos. Los lectores de los artículos y crónicas especiales crecieron, mientras las suscripciones cayeron por abandono de sus responsables.
Finalmente, optamos por franquiciar el servicio a los mismos periodistas que se conformaron como empresa, porque creían en el producto y su utilidad para el decisor. Pero, otra vez, sufrieron la defección de los encargados del lado comercial. Yo, con mucho menos dinero que antes, cuando era “empresario”, brindé conferencias y organicé teleconferencias para formar periodistas de los 19 departamentos de Uruguay, sigo como corresponsal económico Cono Sur de Radio Nederland, hago análisis en la revista académica RELACIONES, el portal-revista de política internacional CONTRAPUNTO, análisis especiales en “Más allá de las Fronteras” de la radio-web Podcast FRECUENCIA CERO de México y notas eventuales en la revista de negocios LATIN TRADE de Miami y Simpathie de Alemania. Hasta en ficción, fui seleccionado entre 2.300 escritores latinoamericanos para la decena de autores a publicarse en la ANTOLOGIA DE LA NUEVA NARRATIVA EN HABLA HISPANA de la editorial NUEVO SER de Buenos Aires, que ve la luz en marzo de 2007 presentada en la avenida Corrientes al 1.600.

Conclusión: No basta con llegar primero, ni ser pionero. Nadie nos quitará lo bailado, pero el que ríe último sigue riendo mejor.

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