El Salvador: Telecentros en América Latina

scott_2miniatura.jpgScott S. Robinson
Es antes que nada un amigo y un documentalista excelente. Me tocó conocerlo en un seminario en El Salvador convocados por Christina Courtright y Clemente San Sebastián de “Conectándonos al Futuro”, en mi opinión uno de los más brillantes proyectos de la región. Ha trabajado mucho para investigar e instalar Telecentros o Cabinas públicas en la región. Trabaja en el departamento de antropología de la UNAM. Presentamos un video sobre los Telecentros en El Salvador: http://www.bcnet.cc/baax/?p=8

(2000 – 28 min. – Canadá, México) – Universidad Autónoma Metropolitana

Telecentros en América Latina

Producción: IDRC/Canadá y Punto Focal, 2000.
Audio: 224 Kbps; 48.000 Hz; Layer 2
Video: 25 fps; 720×576
PAL DVD – MPEG-2

IV TALLER LATINOAMERICANO DE INTERNET, MÉRIDA, VENEZUELA, 28
MAYO DE 2001
EL JARDIN DE LOS SENDEROS: CAMINOS QUE SE BIFURCAN
Scott S Robinson, Antropología, UAM Iztapalapa, ssr@laneta.apc.org
Hoy, quienes participamos en la expansión de la Internet en América Latina,
andamos en el JARDÍN DE LOS SENDEROS QUE SE BIFURCAN. Estamos sobre
caminos con empalmes, encrucijadas, meandros, quebradas, arroyos, que implican
coyunturas, dilemas y decisiones. Es un laberinto donde fácilmente podemos perder el
rumbo, a veces nuestra brújula no registra el norte, y corremos el riesgo de quedarnos
atarantados ante tantas opciones, múltiples posibilidades, utopías ofrecidas en barata. La
revolución digital abrió una nueva brecha, social y tecnológica a la vez, por donde hemos
transitado durante algunos años, y de repente, hoy encontramos que son muchos los
senderos, todos ensanchándose, entrecruzándose; y somos muchos que transitamos y la
señalización es aún ambigua. Aquí, en este evento, somos más los interesados en su
crecimiento, su oferta, destino y el proceso mismo de estarnos acompañando en un proceso
social históricamente insólito. Otros se han enconchado en un Luddismo moderno,
haciendo berrinche ante los cambios que ya no pueden conducir ni controlar. Y puede ser
que algunos andamos confundidos, yo incluido, intoxicados por las profecías que ahora
abundan, incapaces de recordar que la tecnología nunca es neutra, porque siempre se inserta
en escenarios de propuestas, patentes, licencias, del dinero y el poder. Caminemos juntos
en este jardín revisando la flora y fauna, y también, las bifurcaciones que todos los distintos
actores, institucionales y gremiales, hoy enfrentan, contemplan y cuyos senderos se están
perfilando.
Pero la caminata tiene mayor sentido si reconocemos algunos valores que supongo
que compartimos: 1) una apreciación de que la Internet (femenina por su fertilidad) es una
figura internacional aún sin dueño, donde todavía ningún gobierno ni consorcio ejerce un
control contundente, y el hecho nos arroja la enorme responsabilidad de cuidar esta
condición; 2) una conciencia de que tenemos que ser “letrados” en el mundo y espacio
digital, lo cual nos obliga a enfrentar las preguntas mayores: Internet ¿para qué?, ¿y para
quién?; 3) un recordatorio que el llamado “desarrollo sustentable” es un proceso muy
intensivo en el consumo de la información, y la crisis ambiental que atestiguamos en
muchos frentes a diario, afianza nuestra percepción de la naturaleza como un sistema
complejo emparentado con nuestra condición humana y su modelo contemporáneo de
desarrollo; 4) compartimos también una mirada desconfiada, por la cantidad de ilusiones,
riesgos y trampas en el camino ya recorrido; y 4) me gustaría pensar, o por lo menos
rescatar de su subconciencia, que los futuros senderos dentro de nuestro jardín requieren
además de una alta capacidad técnica, una sensibilidad social aguda, una apertura para
negociar y la voluntad y madurez de lograr alianzas novedosas. Y Uds. ya lo adivinaron: el
jardín es real y al tiempo coexiste en nuestro imaginario (que no es virtual), existe aquí y en
la red que consultamos a diario, donde convivimos, pero a la vez, los linderos percibidos y
las posibilidades imaginadas constituyen paradigmas de nuestra conciencia.
Es un hecho que hoy la mal nombrada “brecha digital” está ensanchándose en
América Latina. Mal nombrada por ser una metáfora maniquea, simplona, y confusa; una
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etiqueta que desvía el pensamiento crítico y disfraza la enorme distancia entre ricos y
pobres. Nuestro jardín refleja la dramática polarización social y económica de hoy, la
conectividad técnica es aparte, y el acceso universal bien puede ser una justificación para
consumir lo que no sabemos utilizar plenamente, o ni siquiera necesitar en este momento.
Algunos pintan el cuadro equivocado de la “brecha”, según sus intereses, como merolicos
en la plaza, creando demanda para todo lo que ofrecen. Otros nos sugieren que hay que
tomar en cuenta quién se está beneficiándose con los avances digitales, más el grado y
transparencia de la apertura del sector de telecomunicaciones y el correspondiente nivel de
competencia mercantil disponible con las tecnologías de punta. Quiero decir que es
imprescindible comprender la naturaleza de los mercados y los actores principales de los
distintos servicios digitales, que no coinciden ahora con fronteras nacionales. La pobreza
no tiene fronteras, ni tampoco la demanda para mayor conocimiento y participación
ciudadana. Unos reclaman, “olvídense de la brecha digital”, y les doy la razón, porque el
tema central refiere a contenidos apropiados, construidos desde la base social, e incentivos
para utilizarlos. Esta discusión y otras más acontece en escenarios traslapados, sobre
senderos circunnavegantes, dentro de un país, y al tiempo en un nuestra amplia región, el
jardín, pues, considerada por los estrategas de la mercadotecnia como un espacio casi
homogéneo, donde se puede invertir, ensamblar, y vender. Las organizaciones
internacionales, incluyendo muchos organismos no gubernamentales, también comparten
un enfoque regional, ya es parte de su mandato, o exigida por una imperativa escalamiento
de su trabajo. Todos andamos juntos en el Jardín, y a lo mejor compartimos el acuerdo que
lo local hoy es también lo global, y esta percepción afecta como nos relacionamos y
actuamos en ambos niveles.
Se registra un proceso de concentración del mercado global y regional de
proveedores de las tecnologías digitales. Hay una expansión de las redes de los “carriers”
troncales en la región y entran nuevas empresas con amplio capital de trabajo, como
Telefónica de España y América On Line (AOL)(Grupo Cisneros), y simultáneamente, se
observa un desaceleramiento del ritmo de las privatizaciones de las empresas públicas
observado durante la primera etapa de la expansión de la red en América Latina (1995-
2000). Esto acontece cuando se registra una reducción del crecimiento en la influyente
economía estadounidense, con su corolario en la quiebra dramática de una parte del sector
telecomunicaciones o las empresas punto.com al nivel global; esto aunado a la marcada
reducción del valor de las acciones de las mismas en el mercado de valores NASDAQ de
Nueva York. El resultado es hoy una serie de recortes del empleo, hasta la desaparición de
iniciativas digitales empresariales precoces, y el consecuente ambiente de desconfianza
para invertir en proyectos de negocios digitales. Pero al tiempo, paradójicamente, se
registra un dinamismo en el crecimiento de usuarios de los servicios digitales en la región.
¿Pero cual es el perfil del nuevo usuario urbano en América Latina, en un ambiente de
crédito restringido, y sus atenuantes en la capacidad de compra en el mercado de servicios
en base de la red? Hay avatares en el jardín que pregonan una expansión continua de este
mercado en América Latina. Pero podemos suponer que la expansión registrada en la
región tendrá su tope al corto plazo al saturar los mercados urbanos (queda pendiente el
acceso costeable en ambientes rurales). Justo son condiciones donde prevalecen las
empresas transnacionales con su mayor capacidad de crédito, su control de las tecnologías
de punta, y su capacidad de aguante en momentos de restricciones en la demanda y
aumentos en el costo del financiamiento de sus inversiones. Muchos de los que llegaron
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primero al mercado regional, y se establecieron con su marca en el ambiente de los
usuarios, sean empresas de equipos (hardware), sistemas operativos más aplicaciones
(software) y servicios en demanda poseen mayores probabilidades de mantenerse en la
competencia en tiempos de una contracción del mercado y de una consolidación de los
proveedores. Y estas empresas no son locales, sino transnacionales, o coinversiones (joint
ventures) con socios nacionales, lo cual no debe sorprendernos, pero sí llamarnos la
atención en cuanto al ritmo de la concentración y la privatización de los instrumentos de
entrega además de los contenidos de la Internet, lo que augura riesgos para algunos
senderos en nuestro jardín en un futuro cercano.
Uno de los resultados de la contracción del mercado de servicios y productos
digitales, de nuevo la nombrada crisis punto.com, es una reducción en la disponibilidad de
capital de riesgo, al momento de una maduración del mercado de las elites regionales cuya
capacidad de pago garantizó la integración de los diversos servicios digitales a sus
múltiples diversos intereses comerciales y financieros durante la primera fase de la
expansión de la Internet latinoamericana. Pero no se proyecta la misma tasa de retorno
sobre la inversión para llevar la conectividad a los barrios populares y pueblos rurales. En
pocas palabras, la iniciativa privada, que vive contemplando el reto de cómo ampliar sus
mercados y utilidades, no aprecia con ojos suculentos el mercado potencial de la
conectividad popular. Simplemente, este sector no posee una capacidad de compra
respetable, mientras se sigue cosechando buenas ganancias en los ambientes urbanos de alta
capacidad económico. Y es improbable que esto se logra cuando el ambiente regulatorio
auspicia la privatización de las TICs, el retiro del sector público de políticas que implican
inversiones no o poca lucrativas y así mayor endeudamiento o déficit fiscales, al tiempo
que se reduzca la capacidad de compra de los sectores populares ante el ciclo de crisis del
capitalismo regional. Además, la histórica incapacidad de las economías regionales para
ofrecer empleo digno a la mano de obra disponible ha generado un amplio patrón de
emigración de los seres más emprendedores. El perfil regional de esta migración, antes
rural hacia los centros urbanos, hoy se acerca a una verdadera diáspora internacional (por
ejemplo, en México, Ecuador, El Salvador y Guatemala), produciendo como consecuencia
economías que viven del envío de las remesas de los emigrantes y la consecuente fuga de
cerebros de las regiones marginadas hacia el Norte y también el Sur (ecuatorianos y
peruanos en Chile, e.g.). Uno de los resultados de este fenómeno masivo es una
movilización de las mujeres jóvenes rurales quienes no han emigrado aún, y ahora toman el
mando de los telecentros comunitarios, por ejemplo, además de ingresar por primera vez a
cargos públicos en gobiernos locales.
Es indudable que las elites regionales en América Latina hoy constituyen la primera
generación de usuarios de la red de redes, y su empleo como instrumento de trabajo y
comunicación está consolidándose entre las mismas. Estos sectores dominantes, herederos
de un poder, a veces netamente colonial, en algunos casos producto de alianzas audaces con
nuevas fuerzas sociales y políticas, ahora están bien instalados en la red y cada vez son más
capacitados y cómodos al integrarla en sus tradicionales proyectos de inversión y de
dominio. No debemos olvidar que la red se ha vuelto, por su expansión insólita durante el
último lustro, un instrumento de control político para estas elites y otras instancias que
rebasan los conceptos tradicionales de soberanía. Pero les sugiero que existe una enorme
ambivalencia dentro de estos grupos dominantes en cada país: su versión y respeto por lo
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local se puede traducir en lo folklórico, un referente sesgado a un patrimonio cultural
desconocido, y su autopercibido camino a lo global es más bien para gente bonita, rica y
“leída”. Otros, sin escrúpulo ninguno, sacan provecho de la pobreza ajena, traficando con
las altas tarifas de transacción para el envío de las remesas a casa (Western Union y la
cadena de tiendas Electra en México). Pero existen propuestas para movilizar el poder del
protocolo de la Internet para reducir el altísimo costo actual de estas transferencias; por
ejemplo, una red de telecentros acoplados a microbancos digitales, en el Norte donde
laboran los emigrantes, y en el Sur, en sus pueblos y barrios.
¡Oh sorpresa!, el jardín esta lleno de controversias. Hay grupos que resisten
activamente el proyecto de los grupos dominantes. Indígenas y otros ciudadanos
organizados han utilizado la red hábilmente para difundir su causa y ampliar la base de su
apoyo. Estan entrando a lo global utilizando esta tecnología como mecanismo de
resistencia DESDE LO LOCAL. El Ejército Zapatista de Liberación Nacional, EZLN,
puede ser el caso ejemplar, pero los Pemon de Venezuela también sobresalen con su batalla
contra las torres de alta tensión cruzando su territorio, la Confederación Nacional Indígena,
CONAIE, en el Ecuador, los Mapuche de Temuco, en el sur de Chile, los Asháninka de la
selva central peruana. Pero, en general, el crecimiento de la conectividad y su empleo
productivo y creativo entre las clases populares es un proceso mucho más lento que lo
pronosticado durante la euforia inicial de la Internet en la región; y es aquí donde
enfrentamos una bifurcación en el sendero por delante, enormes retos para el diseño de las
políticas públicas de hoy.
Los gobiernos nacionales sufren el cambio provocado por el debilitamiento del
Estado, algo inducido deliberadamente por el neoliberalismo reinante; ahora el Estado es
menos hegemónico, con su soberanía en entredicho. Por la Internet l@s ciudadan@s tienen
acceso a datos e informaciones antes reservado a las elites, o los encargados de la seguridad
nacional. Pero la obsesión por la sobre vigilancia del ciudadano puede acotar los espacios y
las formas de gestión del mismo. En México vivimos una feria de bases de datos oficiales,
CURP (Cédula Única de Registro Personal), RENAVE (Red Nacional de Vehículos), y lo
que se conoce popularmente como “TIRANET” (sistemas de intercambio entre los
múltiples cuerpos de policía). Otro meandro indica que la red ofrece una apertura para
formas novedosas de la organización y gestión ciudadana, figuras desconocidas hace pocos
años. También, observamos una especie de carrera del “armamentismo digital” entre los
estados nacionales: antes todos tuvimos que comprar, a buen precio, aviones de combate,
tanquetas antimotines, y radares sofisticados; hoy no sólo tenemos que pagar el Plan
Colombia, sino también se trata de redes de fibra óptica, conexiones de alta velocidad, al
tiempo que una parte del pueblo no come bien, ni trabajo tiene. En el sendero de los
gobiernos de los estados o provincias, y aún en el nivel municipal, la consigna es la
descentralización de funciones y un compromiso, por lo menos retórico, con el principio de
mayor autonomía fiscal. La tecnología ahora lo permite, pero la voluntad de las
autoridades centrales es cuestionable; los discursos a favor del E Gobierno pueden ser un
espejismo, porque los usos y costumbres de hombres negociando asuntos de poder cara a
cara, son lejanos a transacciones transparentes en línea. Otro sendero que redobla sobre sí
mismo.
Robinson, Conferencia,WALC 2001, Mérida, Venezuela 5
Hay indicios que la desregulación de los mercados para servicios digitales puede ser
una sobre regulación disfrazada, donde se favorece a las empresas tradicionales, verdaderos
monopolios de conexión (Telmex), subiendo el costo de entrada al mercado para nuevos y
pequeños competidores. Esta sobre regulación también provoca el caos del oportunismo de
los que venden lo prohibido, lo “no autorizado”, justo en nuestro jardín, donde la tecnología
rebasa el ritmo de su aprobación por las instancias reguladoras del Estado, sujetas a las
influencias de las elites nacionales y sus socios. Lo observamos en México donde la
Comisión Federal de Telecomunicaciones, COFETEL, detiene las solicitudes para servicios
de Internet bidireccional vía satélite, mientras se venden estos equipos en la calle, junto con
redes de módems fijos inalámbricos de gran alcance (40 kilómetros), también sin
autorización. Nadie propone un esquema de autorregulación concertada, y hay pocos
espacios para nuestra participación en el diseño de las políticas públicas al respecto. Pero
el empleo de la demagogia digital en los discursos abre un nuevo sendero, surge ahora con
más frecuencia en una región sumergida en el dramático dualismo económico y cultural.
Las agencias de las Naciones Unidas, me temo, brillan por su ausencia de mostrar
un liderazgo, un papel distinguido en el jardín. Hay evidencia que se han dedicado a la
concentración de información puesta al servicio de elites de gobierno y “ganosos” de los
grandes mercados, y los que podrían jugar un papel más activo se dedican a “ver el partido”
desde butacas cómodas a media cancha. Estas agencias muestran una filantropía selectiva,
sujeta a los términos de su propia certificación, mientras las ONGs impugnan esta
hegemonía indebida, producto de acuerdos internacionales que datan de finales de la
segunda guerra mundial. Algunas ONGs ahora negocian políticas de alianzas
multilaterales, dentro de los limitados espacios de la ONU o con la banca multilateral,
mientras su capacitación sobre la marcha, con algunos fracasos quizás por la reticencia de
las elites nacionales, les puede fortalecer para jugar en estas ligas mayores. De nuevo
sobresale el camino de las organizaciones indígenas y la alianza de organismos apoyados
por el Centro Internacional de la Investigación del Desarrollo de Canadá.
Otro fenómeno contemporáneo, con su propio sendero, es la reducción en los
recursos filantrópicos dedicados a los proyectos experimentales que los telecentros
comunitarios representan. En la medida que los grandes consorcios atestiguan una
disminución en sus ingresos, hasta pérdidas entre algunos, las aportaciones a sus
respectivos proyectos filantrópicos serán reducidas (unos ejemplos: el programa World e-
Inclusión de Hewlett-Packard). En breve, hay menos ganancias en el mercado de hoy, y así
menos aportaciones a fondos de apoyo para proyectos experimentales; se registran
reducciones en el valor de capitalización del portafolio de las fundaciones internacionales,
y titubeos en el destino de los fondos disponibles en los Fondos Sociales (SOCIAL TRUST
FUNDS) de algunos países desarrollados para proyectos como, por ejemplo, la iniciativa
pendiente del GRUPO de los OCHO, G8, el DOT FORCE, la fuerza de punto (¿o es punto
de fuerza?). Este cuadro, poco alentador, junto con la amenaza cercana de las mega
franquicias de cibercafés a nivel del hemisferio, no augura un sendero brillante para
proyectos comunitarios, para citar sólo un riesgo inmediato.
Mientras las instituciones financieras multilaterales caminan, al parecer, en un solo
carril, o pagan (con nuestra deuda) la pavimentación de la supercarretera digital en
construcción, donde pocas empresas pueden transitar. El Banco Mundial mantiene una
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ventanilla limitada y engorrosa para proyectos digitales innovadores (InfoDev), pero a
pesar de intensos debates internos sobre el futuro de la institución ante la llegada de la
Sociedad de la Información, y el arranque de algunos proyectos promisorios (BarrioNet y
School Link, por ejemplo), el mayor peso estratégico parece haber pasado al controvertido
Portal del Desarrollo (Development Gateway). En breve, consiste de un megaportal en la
Internet donde se concentra “toda la información relevante para el desarrollo” para un
conjunto dinámico de países. Una de las muchas vetas de la amplia crítica en su contra
hace hincapié sobre la desviación de recursos hacia un banco de datos que en efecto duplica
esfuerzos de distintas organizaciones civiles (y también de servicios comerciales), y de esta
manera va coartando las opciones para los promotores de telecentros comunitarios y otros
proyectos ciudadanos. Muchos de los que hemos manifestado una crítica al proyecto
Gateway lo consideramos como una traición a la causa del acceso universal con
capacitación, participación y conciencia social, y el hecho es lamentable. Con mayor
presencia en la región, pero aún sin una política clara con relación al empleo de las nuevas
tecnologías digitales, se encuentra el Banco Interamericano de Desarrollo. El resto de la
familia de organismos internacionales de corte oficial brillan o por la carencia de acciones
contundentes acordes con las posibilidades que las nuevas tecnologías ahora permiten, o se
limitan a la administración de proyectos pilotos de poca escalabilidad y relevancia para
necesidades locales. El resultado es que estas actividades de poca trascendencia atenúan las
posibilidades para proyectos innovadores distintos, al estar “tomado” el espacio
institucional y por la legitimidad poco impugnable que las agencias de la ONU comparten
en la opinión pública. Existe una suerte de territorialidad institucional que no cede a las
buenas intenciones de propuestas competitivas en materia de las NTICs en el escenario
regional. No es un cuadro de actividades innovadoras que merece algún aplauso dentro del
jardín, un lugar que no es necesariamente un Edén.
Las universidades públicas comparten este escenario donde la reticencia del Estado
y “las fuerzas del mercado” cohabitan dentro de una moderna torre de Babel (bien
“conectadas”, eso sí) donde proliferan discursos y profecías sobre el “desarrollo para la
sociedad de la información”, la educación a distancia, el adiestramiento tecnológico, las
reformas a la docencia; pero de hecho, son contadas las iniciativas concretas a escala
nacional y regional. ¿Porqué no tenemos hoy los contenidos en línea del tronco común del
nivel medio de educación superior? El vacío creado por la ausencia de estos proyectos es
campo de cosecha productiva para las universidades privadas; el Tecnológico de
Monterrey, México, por ejemplo, goza de mas de una docena de “campus” con
instituciones hermanas en igual número de países latinoamericanos, y su Universidad
Virtual sin duda es el líder en este nuevo mercado de la oferta de servicios educativos en
línea. Pero, ojo!, la falta de libertad de cátedra en estas instituciones abre un sendero
inquietante. No se entiende la actual parálisis en este campo de las universidades públicas,
salvo que la consigna discreta es que no es costeable competir con el TEC e iniciativas
semejantes.
Mientras las economías nacionales sean inestables y las elites ahora regionales se
consolidan, junto con sus socios financieros y comerciales extranjeros, y los nuevos
políticos, apologistas del mercado sagrado, se enredan en planes de austeridad, el
“redimensionamiento del Estado” y la reducción de programas sociales, la tecnología
avanza a un ritmo inexorable. El acceso bidireccional a la Internet vía satélite es hoy una
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realidad, pero aún no disponible en amplias regiones de América Latina por trabas en el
marco regulatorio nacional respectivo. Desde puntos de acceso geográficamente céntricos,
se puede “cablear” una micro región por medio de módems fijos inalámbricos de alta
velocidad o unidades de microondas conectados a la base de la antena satelital de tamaño
reducido. En el sendero mexicano, y seguramente hay otros, la disponibilidad de estas
opciones tecnológicas camina muy por delante del ritmo de la autorización oficial y la
capacidad para supervisar los nuevos servicios ofrecidos por distribuidores, si no piratas,
operando en el espacio gris del marco legal con estas tecnologías de punta. La
proliferación de cibercafés, con y sin registro, disfrutando de varias opciones tecnológicas
para la conectividad, es hoy un hecho palpable.
La “cibercafezinhozación” de América Latina es un proceso dinámico en pleno
vuelo. El hecho tiene varias implicaciones alarmantes desde la perspectiva de proyectos de
telecentros comunitarios, por ejemplo. En primer lugar, es un reflejo de la demanda
inducida por la televisión, la moda y su intrínseco valor pragmático. Al tiempo, es un
reflejo de la carencia de políticas públicas por parte de los Estados nacionales,
abandonando al mercado rudo la oferta del acceso universal a la Internet. Conforme crece
la demanda, la industria de los productos y servicios digitales vive satisfecha con esta
estrategia, pero compartiendo, quizá, una suspicacia en cuanto a la indefinición de las
políticas públicas pertinentes; la condición de abandono o desidia actual les favorece, hasta
cierto punto, porque es fácilmente agotable la demanda popular del acceso a los servicios
digitales vía un número fijo de cibercafés (que se acerca ya en muchos ambientes urbanos
saturados con la oferta). Entonces, se puede prever a corto plazo (¿dos años?) la saturación
de la demanda para equipos, periféricos y servicios, por no poder llegar aún a un público
consumidor masivo debido al alto costo de las PCs y la conectividad. Pero lo alarmante de
este cuadro, que ya observamos en la realidad regional, es el modelo de consumo que
representa, duplicando fielmente la estrategia de la televisión comercial que fomentó
exitosamente un público verdaderamente masivo de consumidores pasivos, en casa, viendo
la tele cuando gusten, y saliendo a comprar lo anunciado. El peligro, a mi juicio, la
incipiente fuerza subversiva de la expansión de los cibercafezinhos, es la reproducción del
modelo de consumo “light” entre los usuarios, quienes utilizan unos pocos instrumentos
disponibles en línea: chat, correo, música y acceso a sitios de pornografía, de artistas
favoritos y algo de “shopping” pasivo, menospreciando el enorme potencial del
instrumental disponible. En concreto, la subversión consiste en el nuevo habitus de los
cibercafezinhos cuyos usuarios subutilizan las opciones de enseñanza y aprendizaje por
falta de una cultura de la información y su transformación en conocimiento.
Esto acontece mientras el Estado titubea, pregona y lanza proyectos pilotos, y
“espera al mercado”. Sin embargo, es evidente que los usuarios populares por su nivel de
pobreza y condición de anomia, no pueden ser el motor de una ampliación marcada del
empleo del instrumental digital, o la figura conductora de la capacitación para acercarse a la
información útil, necesaria y conveniente para los proyectos colectivos y personales dentro
del fenomenal mosaico de la diversidad cultural latinoamericana. Es el Estado en alianza
con organizaciones civiles que puede incentivar la ampliación de la red incipiente de
telecentros comunitarios, por ejemplo, de acuerdo a coaliciones novedosas de intereses
mercantiles e institucionales. Pero, ¡un momento!, ampliar o extender la conectividad
puede significar no sólo atenuar la lucha de clases (¿se acuerdan?) por medio de una
Robinson, Conferencia,WALC 2001, Mérida, Venezuela 8
movilización de las ilusiones de que la Internet representa un camino seguro hacia la
prosperidad y el desarrollo, sino también es capaz de profundizar la mercantilización del
todo, puede vencer, por ejemplo, la resistencia de la economía informal y la cultura popular
para ser integrado al modelo capitalista actual, ávido de cobrar más impuestos. En este
escenario, nada descabellado, los proyectos de “E Gobierno”, por ejemplo, pueden ser
senderos disfrazados para racionalizar el cobro de impuestos a los que ahora viven fuera del
sistema financiero, viviendo a diario, en sus micro negocios o en la calle.
En cambio, los organismos no gubernamentales, la sociedad civil organizada, viven
una suerte de anquilosamiento, ensimismados, fragmentados, peleando los escasos recursos
disponibles en el bazar del capitalismo filantrópico, justificándose a veces con frases de una
época anterior, sin comprender bien la posmodernidad. Los compromisos son sinceros y es
cariñoso el costo de formar recursos humanos, pero el desarrollo de estrategias de gestión y
negociación sí nos cuesta, y en efecto, últimamente se registra un creciente
empoderamiento, gracias a una pelea tenaz para un reconocimiento en espacios nacionales,
y en especial en nuestro jardín, propulsando iniciativas más democráticas en las políticas
públicas digitales. Los ejemplos de Funredes en la República Dominicana, la Fundación
Acceso en Costa Rica, Chasquinet en el Ecuador, Infodes en el Perú, El Encuentro en
Chile, RITS en Brasil, COLNODO en Colombia, LANETA en México, son ejemplos
sobresalientes. Pero la sociedad civil no organizada, se paraliza en su auto imagen de
“cliente”, “ciudadano consumidor”, vacunada por los medios masivos, quizás anticipando
servicios de entretenimiento semejantes a la televisión. Sin embargo, esta sociedad civil es
capaz de movilizaciones cuasi espontáneas, insólitas y coyunturales; algunos ejemplos: la
reacción al sismo de septiembre de 1985 en la ciudad de México, el plebiscito del “NO” en
Chile (1989), la reciente amenaza de vender el Instituto Costarricense de Electricidad
(2000), y hace poco, la caravana Zapatista que llegó a la Ciudad de México y llenó la plaza
mayor de manera jamás vista. La sociedad civil está viva, atenta y capaz de movilizaciones
a favor o en contra de sus intereses. Este hecho, y otros más, esta llenando de flores
aromáticos a nuestro jardín.
No podemos abandonar este jardín de los senderos. Es el contexto de nuestro
trabajo, nuestra cohabitación con el nuevo mundo enredado, nuestra novedosa cultura en y
desde la red. En efecto, su complejidad nos ataranta, sus contornos nos confunde, tantos
caminos nos puede engañar, muchas profecías convincentes que corren el riesgo de
cumplirse porque deseamos creer en ellas. Son algunos de los riesgos de nuestra
convivencia en un jardín que ya no podemos ignorar. Es nuestro espacio, y qué mejor que
comprenderlo, analizar sus senderos, y las bifurcaciones enfrente, de lado, por detrás,
participando en los debates, la formación continua, siendo actores con aplomo en las
negociaciones de las políticas públicas en foros de distintos niveles. Es nuestro deber como
ciudadanos digitales, hoy y mañana. ¡Bienvenidos a nuestro jardín!

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